Ficha Técnica
Autor: Mary Shelley
País: Inglaterra.
Año: 1818
Genero: Novela Epistolar.
Subgénero: Horror, Gótico, Ficción.
Temas: Ética, Familia, Ciencia.
Número de Libros: 1/1
Sinopsis: Muchas preguntas rondan nuestra mente, no es el monstruo lo que nos aterra, es la idea de algo sin alma. de un ser dotado de fuerza desmesurada de inteligencia superior a la humana, de un corazón desbordante, un ser que sin conciencia del bien y el mal carece de toda posibilidad de reconocimiento, en tanto su característica deformidad desata un destino de rebelión. El monstruoso invento del doctor Víctor no es más que lo que no podemos controlar.
Opinión Personal
Puntuación que le doy: ⭐⭐⭐⭐
Contenido: 👺🔪🎎
La recomiendo: Si
La volvería a leer: No
Reto desbloqueado: No Aplica.
A pesar de ser un clásico al que la mayoría accede muy joven, apenas esta semana decidí tomarlo de mi lista de espera. Quiero empezar desmintiendo mitos, esos que yo misma había creído: La criatura no tiene nombre y Frankenstein es el nombre de su creador.
Pasada la aclaración cliché (porque me la han hecho a mi misma, así que léase como ironía), puedo iniciar diciendo que, aunque me gustó y logré empatizar con ciertas partes, no me impactó tanto como me había augurado mi buena amiga Juliana (lo siento, Juli).
La historia está muy bien construida en cuanto al tono y al desarrollo de los personajes. Tal vez lo que yo esperaba era un relato que me produjera escalofríos o miedos y me encontré con una profunda muestra de la vulnerabilidad humana.
La vida del doctor Víctor es, en esencia, una apología al karma. Marca un precedente en el relato sobre la importancia de la reflexión en nuestras acciones y de la autocrítica consciente. Podríamos pensar en él como una víctima que acumula desgracia tras desgracia; sin embargo, sus decisiones parten del deseo de demostrar que su conocimiento lo hacía superior, que era un hombre con el poder del saber dominado. Cada tragedia posterior se enlaza, de manera directa o indirecta, como consecuencia de la imposición de su ego. y ¿Acaso no hacemos nosotros lo mismo, intentando demostrar que tenemos razón o que podemos sostener personas, momentos y lugares, incluso a costa de nuestra salud, nuestra tranquilidad o nuestras relaciones más valiosas?
El monstruo, rechazado por todos porque no encajaba en la definición normativa de belleza y calidez, es en realidad la verdadera víctima. Representa la lucha de ser demasiado en el lugar o en el tiempo equivocados. Nos recuerda lo que sucede cuando intentamos forzarnos a encajar, negando nuestra luz y escondiendo nuestras sombras. Todos somos duales: buenos y malos, bellos y feos, alegres y tristes, y un largo etcétera que nos constituye.
No puedo decir que se lo describa con detalle más allá de su aspecto, pero en él sentí bondad. Nació bueno. Su esencia inicial no resonaba con el alma que fue construyendo, una que poco a poco se transformó hasta volverse espejo de su creador. De aquí surgen dos preguntas de debate: ¿hasta qué punto podemos escudarnos en nuestra historia personal para justificar cómo actuamos con los demás? Y, aunque Mary Shelley nunca especifica cómo fue creado, ¿hasta qué punto el alma de una criatura termina pareciéndose a la de quien la engendró?
En este punto quiero pensar que reconocer el origen, puede ayudarnos a agradecerlo, entenderlo y soltarlo, para permanecer fiel a lo que nos define como propios y únicos. Y eso es lo que realmente nos hace sabios, esas pequeñas decisiones, acciones o momentos de inflexión dónde decidimos cortar el lazo con el pasado y entender la diferencia entre la sinceridad de la crueldad, por citar un ejemplo.
Finalmente, hay un tema transversal en toda la obra que merece mencionarse: la necesidad de pertenecer, de ser reconocido en la individualidad y de ser valorado. La criatura nunca tuvo acceso a un nombre; su trabajo fue invisible, su voz apagada en los gritos escépticos de quienes no comprendían su presencia.
Solo fue escuchado por alguien que no tenía ojos para constatar su fealdad. Los ojos, aquí, se convierten en metáfora de nuestros prejuicios, esas paredes invisibles que levantamos para reducir al otro y negarle la oportunidad de simplemente ser o encajarlo en nuestra propia versión de realidad.
Angie W. Niconella

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